Bocadelobo I
El perfil de mi hermosa Eloise se recortaba dentro de su camisón bajo los tenues rayos de luz lunar. Asumiéndola sonámbula y aún febril, me acerqué lentamente a su inmóvil figura. Casi temí despertar a esa imagen fantasmal que me daba la espalda, tan frágil en la oscuridad de ese inmundo bosque. Cuando estaba a solo un paso, casi tocándola con la yema de mis dedos, dudé; tuve miedo de despertarla bruscamente y que muriera en sueños, dejándome abandonado y solo en este mundo cruel, en este bosque maldito.
Fue en este mero segundo de duda que ella volteó y me mostró su rostro libido por la fiebre. El sudor aperlaba su frente, sus labios hinchados como los de un pez, sus ojos blancos como escrutando la oscuridad interior. Y de su garganta un grito desgarrador como una puñalada me perforó el alma y me hizo caer de rodillas. ¡Ese espectro horrible no podía ser mi amada Eloise! Y ahí estaba la prueba, parada frente a mi, con sus brazos como garras extendidos hacia mi. Haciendo acopio de todas mis fuerzas me acerqué a ella y la aferré contra mi pecho. El grito cortó tan de golpe como comenzó, y ella cayó inconsciente en mis brazos.
Aterrado como estaba, no recuerdo el trayecto de regreso a la cabaña. Recuerdo despertar a la mañana siguiente, aún abrazado a ella. No teniendo más remedio fui a buscar a la matrona de nuevo, la cual se negaba de lleno de ir hasta la cabaña siquiera. Ni la suma más generosa que podía costearme logró persuadirla, y no me quedó alternativa que hablar con el viejo decrépito y sordo que nos alquilaba el cuarto. La pobre momia no podía casi cuidarse a si mismo, pero yo no podía esperar cuatro o cinco días a que viniera la diligencia. Si iba a caballo tal vez mañana mismo pudiera tener a un doctor ahí, o por lo menos conseguir un coche en el que poder llevar a mi Eloise al hospital. ¡Sentía que moriría si no hacía algo! La impotencia de que ella estuviera postrada y que yo fuera totalmente inútil contra ese mal.
Pero yo no tenía caballo, y a pié hubiera llegado junto con la diligencia. Así que pasé el resto del día desperdiciando el precioso tiempo de mi Eloise, que en paz descanse, en lograr que uno de los abigarrados residentes del maldito lugar cedieran ante mis desesperadas suplicas y fueran tan misericordiosos de prestarme un equino para ir en busca de ayuda. Mis ruegos fueron en vano pues la noche se cernía sobre mis esperanzas, como un mar negro que se engullía el bosque a mi alrededor, y ni una mula maltrecha pude rescatar de esos rastreros montañeses. Agobiado por mi fracaso volví a la cabaña destartalada en medio del bosque, buscando fuerzas en la imagen de mi amada.
En mi frenética carrera no noté el resplandor rojizo que se filtraba entre los árboles, como sangre que se derramaba entre los barrotes de una celda. Pero el pavor inundó mi cuerpo al darme cuenta que la cabaña estaba en llamas. Corrí frenéticamente, gritando como enloquecido, sin saber que hacer ya a este punto.
Pero estoy seguro que atisbé entre la espesura la imágen de mi adorada Eloise. Se alejaba desnuda seguída de un sequito de ojos amarillos que la rodeaban como un enjambre del infierno. Caí desmayado al instante.
Hoy espero en esta celda inmunda que mis captores recapaciten o me entreguen al nudo corredizo que terminará con mi tormento. Pero prefiero que entren en razón y quemen este bosque maldito hasta el último árbol. Espero también que alguien llegue a leer estas lineas y entienda que soy inocente, que no provoqué el incendio y que mi querída Eloise es inocente también. Aún albergo la esperanza que dios la tenga en su ceno, pues la alternativa no me dejaría descansar ni tras la paz de la horca.
Explico mis alucinaciones diarias en un lenguaje que un humano (espero) sepa comprender
Mostrando entradas con la etiqueta ataques de pánico. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta ataques de pánico. Mostrar todas las entradas
jueves, 16 de agosto de 2012
Bocadelobo II
Enviar por correo electrónicoEscribe un blogCompartir en XCompartir con FacebookCompartir en Pinterest
Parafrenico de turno
Caliburnus
pirando a las
2:48 a. m.
0
comensales
sufrieron
ataques de pánico
martes, 9 de agosto de 2011
Ira controlada
Luna de miel, paseando por el interior del país, viendo caras nuevas, conociendo pequeñas ciudades. Pararon en un motel, dejaron las maletas y salieron en el auto en busca de un bar. Sí, era jueves, pero les gustaban los bares tranquilos. Ya tenían una rutina de hecho. Entraron juntos, miraron las caras y eligieron uno entre los dos. Tomaron un par de copas, y él se fue con un beso.
Se acercó al muchacho elegido y comenzó a coquetear con él, como buen mujer casada. Diez minutos después salían en el auto del elegido, porque el de ella se lo había llevado su marido. Llegaron al motel y entraron. Era de esos que dan absoluta privacidad, y nadie supo que entraron siquiera. Eso sí, le pidió al muchacho que estacionara a un par de cuadras por si las dudas...
Unos minutos después estaciona el auto y entra al motel el flamante marido. Ella le había dicho al muchacho que quería filmarlo todo. Por eso captura el momento en que la cuerda de piano le rodea el cuello. Intenta patalear, pero tiene los pantalones por los tobillos. El alambre se tensa sobre los guantes de cuero. El pobre desgraciado deja de luchar. Cae un cadáver al piso. Ella deja de filmar y desempaca la maleta, mientras él lleva el cadáver al baño.
Una cocinilla eléctrica, una holla a presión, una cuchilla de cocina, una cierra de caño, un martillo, una licuadora y un proyector. Se desnudan y meten el cadáver en la ducha. Lo carnean y limpian los huesos, que reducen a un tamaño manejable. Ponen a hervir los huesos, se duchan entre la carne y se aman. Se aman en la ducha y se aman en el cuarto, mientras el proyector pasa la escena del ahorcamiento una y otra vez.
Ya es de mañana. Los huesos están frágiles de haber hervido toda la noche. El los muele con el martillo mientras ella licua la carne. Tiran todo por el excusado. Excepto los testículos, que guardan en un frasquito de vidrio café, lleno de cloroformo, con un rotulo que lee "Franco". Con todo limpio y resuelto, guardan las cosas en la maleta, y el frasquito con los otros 34.
Se acercó al muchacho elegido y comenzó a coquetear con él, como buen mujer casada. Diez minutos después salían en el auto del elegido, porque el de ella se lo había llevado su marido. Llegaron al motel y entraron. Era de esos que dan absoluta privacidad, y nadie supo que entraron siquiera. Eso sí, le pidió al muchacho que estacionara a un par de cuadras por si las dudas...
Unos minutos después estaciona el auto y entra al motel el flamante marido. Ella le había dicho al muchacho que quería filmarlo todo. Por eso captura el momento en que la cuerda de piano le rodea el cuello. Intenta patalear, pero tiene los pantalones por los tobillos. El alambre se tensa sobre los guantes de cuero. El pobre desgraciado deja de luchar. Cae un cadáver al piso. Ella deja de filmar y desempaca la maleta, mientras él lleva el cadáver al baño.
Una cocinilla eléctrica, una holla a presión, una cuchilla de cocina, una cierra de caño, un martillo, una licuadora y un proyector. Se desnudan y meten el cadáver en la ducha. Lo carnean y limpian los huesos, que reducen a un tamaño manejable. Ponen a hervir los huesos, se duchan entre la carne y se aman. Se aman en la ducha y se aman en el cuarto, mientras el proyector pasa la escena del ahorcamiento una y otra vez.
Ya es de mañana. Los huesos están frágiles de haber hervido toda la noche. El los muele con el martillo mientras ella licua la carne. Tiran todo por el excusado. Excepto los testículos, que guardan en un frasquito de vidrio café, lleno de cloroformo, con un rotulo que lee "Franco". Con todo limpio y resuelto, guardan las cosas en la maleta, y el frasquito con los otros 34.
Enviar por correo electrónicoEscribe un blogCompartir en XCompartir con FacebookCompartir en Pinterest
Parafrenico de turno
Caliburnus
pirando a las
7:46 a. m.
3
comensales
sufrieron
ataques de pánico
Fuga de ira
Era normal. Bueno, había sabido ser normal. Ahora solo quedaba esa criatura amorfa que se alimentaba de muerte. Al principio la ira lo invadió. No recordaba la última vez que había sentido algo, pero recordaba bien la ira. Como una bola de fuego que desde lo más hondo de su ser lo instaba a realizar los actos más aborrecibles, solo para saciar su sed de venganza.
No, ni siquiera eso; solo para desahogarse. No había necesidad de venganza, sino de satisfacción. No quería que el infeliz muriera, solo que sufriera. ¿Tanto como él sufrió? No, él no había sufrido. Pero quería causarle sufrimiento al maldito infeliz que ni sabía de su existencia, al pobre infeliz que de hecho no le había hecho nada, pero que lo merecía...
Un hacha. Sí, con un hacha podría... No, muy sucio. Desprolijo. Necesitaba algo silencioso y que no dejara rastro. Corazón Frío se fue calmando como era natural en él. Mataría al infeliz, pero como debe hacerse. Se alejó de la puerta en completo silencio y se dirigió hasta el piano que reposaba en la sala. Sacó una cuerda. Un La. Le gustaba el La. Enroscó un extremo en su mano izquierda enguantada y volvió caminando, con el rollo en la mano derecha enguantada. Aún escuchaba los gemidos.
Se metió en la alcoba y miró un par de segundos más en la penumbra, como se revolcaban como cerdos. ¿Duda? Estaba dejando que esa sensación de ira fluyera por su ser una vez más. Ella reposaba sobre su espalda, y el pobre infeliz, que había sabido tomarse su tiempo en recorrer las hermosas curvas con sus labios; las lomas con su aliento; los pechos con su lengua; los montes con su ardor; pero aún su espada seguía envainada. Corazón Frío sonrió al ver que el condenado infeliz aún no había comenzado siquiera su labor, y se apresuró a realizar la suya.
Moriría en la cárcel, pero no le importaba. Debía morir. Y con las manos cruzadas enlazó el desnudo cuello del infeliz. Ella gritó. Previsible. Pero el infeliz no pudo. El infeliz luchó por cosa de un minuto antes de perder el conocimiento. Ella miraba como pasmada. Corazón Frío no lo soltó hasta bastante después de que dejara de patalear. Lo único que lamentaba en ese instante de gozo total, era no haberle podido ver la cara al difunto infeliz.
Soltó el cadáver y la miró. Ella lo miraba con una cruza extraña de fascinación y ¿exitación? No había miedo en sus ojos, ni ira, ni ninguna de las reacciones que Corazón Frío esperaba. Se arrodilló frente a la cama con la cabeza gacha, ofreciéndole la cuerda de piano en señal de rendición. A ella no le haría nada: la amaba demasiado.
Ella tomó la cuerda en sus manos y la dejó a un lado. Tomó las manos de Corazón Frío en las suyas y las besó.
-Eso fue muy romántico Corazón-le dijo levemente al oído.
-Y no puedo creer como me excita-le susurró al apoyarle las manos en sus pechos.
Corazón Frío levantó la vista, más conmocionado por la reacción de ella, que ella por el acto de él.
-Pero me temo que ya no podrás ser mi mayordomo después de eso. Tómame en esta misma cama. Pero hazlo rápido, que el cadáver se enfría.
No, ni siquiera eso; solo para desahogarse. No había necesidad de venganza, sino de satisfacción. No quería que el infeliz muriera, solo que sufriera. ¿Tanto como él sufrió? No, él no había sufrido. Pero quería causarle sufrimiento al maldito infeliz que ni sabía de su existencia, al pobre infeliz que de hecho no le había hecho nada, pero que lo merecía...
Un hacha. Sí, con un hacha podría... No, muy sucio. Desprolijo. Necesitaba algo silencioso y que no dejara rastro. Corazón Frío se fue calmando como era natural en él. Mataría al infeliz, pero como debe hacerse. Se alejó de la puerta en completo silencio y se dirigió hasta el piano que reposaba en la sala. Sacó una cuerda. Un La. Le gustaba el La. Enroscó un extremo en su mano izquierda enguantada y volvió caminando, con el rollo en la mano derecha enguantada. Aún escuchaba los gemidos.
Se metió en la alcoba y miró un par de segundos más en la penumbra, como se revolcaban como cerdos. ¿Duda? Estaba dejando que esa sensación de ira fluyera por su ser una vez más. Ella reposaba sobre su espalda, y el pobre infeliz, que había sabido tomarse su tiempo en recorrer las hermosas curvas con sus labios; las lomas con su aliento; los pechos con su lengua; los montes con su ardor; pero aún su espada seguía envainada. Corazón Frío sonrió al ver que el condenado infeliz aún no había comenzado siquiera su labor, y se apresuró a realizar la suya.
Moriría en la cárcel, pero no le importaba. Debía morir. Y con las manos cruzadas enlazó el desnudo cuello del infeliz. Ella gritó. Previsible. Pero el infeliz no pudo. El infeliz luchó por cosa de un minuto antes de perder el conocimiento. Ella miraba como pasmada. Corazón Frío no lo soltó hasta bastante después de que dejara de patalear. Lo único que lamentaba en ese instante de gozo total, era no haberle podido ver la cara al difunto infeliz.
Soltó el cadáver y la miró. Ella lo miraba con una cruza extraña de fascinación y ¿exitación? No había miedo en sus ojos, ni ira, ni ninguna de las reacciones que Corazón Frío esperaba. Se arrodilló frente a la cama con la cabeza gacha, ofreciéndole la cuerda de piano en señal de rendición. A ella no le haría nada: la amaba demasiado.
Ella tomó la cuerda en sus manos y la dejó a un lado. Tomó las manos de Corazón Frío en las suyas y las besó.
-Eso fue muy romántico Corazón-le dijo levemente al oído.
-Y no puedo creer como me excita-le susurró al apoyarle las manos en sus pechos.
Corazón Frío levantó la vista, más conmocionado por la reacción de ella, que ella por el acto de él.
-Pero me temo que ya no podrás ser mi mayordomo después de eso. Tómame en esta misma cama. Pero hazlo rápido, que el cadáver se enfría.
Enviar por correo electrónicoEscribe un blogCompartir en XCompartir con FacebookCompartir en Pinterest
Parafrenico de turno
Caliburnus
pirando a las
7:46 a. m.
0
comensales
sufrieron
ataques de pánico
miércoles, 25 de mayo de 2011
Bocadelobo I
Ya no tengo miedo. Para tener miedo uno tiene que tener algo que perder. Ya no tengo nada. No tengo trabajo, no tengo casa, no tengo familia, no tengo mi orgullo siquiera... Lo único bueno que pueda sacar de este maldito pueblo desolado es la paz de la horca. Encerrado en esta celda escribo mi historia para advertir a quien quiera oírla. Mientras una sola persona sepa de los horrores que se esconden en las profundidades de ese endemoniado bosque, mientras pueda ahorrarle los espantos que yo tuve que sufrir a una sola alma, sentiré que valió la pena haber sobrevivido. De lo contrario desearía que esas repugnantes asquerosidades me hubieran destrozado las entrañas en el acto.
Todo empezó cuando vinimos con mi adorada Eloise a vivir a Bocadelobo. El aire limpio del campo le hacía bien a su asma. Con mi sueldo de cartógrafo no podía pagar los tratamientos más caros. Pero este trabajo era una mejoría por dos motivos; por un lado el dinero era un gran incentivo; por otro pasar seis meses lejos de la polución de la ciudad, con el fresco aire de la montaña, purificado por los robustos bosques de Bocadelobo, era impagable.
Un anciano sin la parte inferior de su dentadura y sin la parte superior de su cabellera, tan flaco y encorvado que pareciera a punto de partirse, nos alquiló un cuarto en su vivienda: un despotricado cobertizo de madera en pleno bosque. No hay un pueblo propiamente dicho, sino solo cabañas de leñadores y cazadores, y los tres o cuatro edificios infaltables donde sea que se junten las personas: la iglesia, la droguería, la cárcel, etc. Una vez a la semana viene una diligencia, la misma en la que vinimos nosotros, con el correo y la mercadería indispensable que el bosque no puede proveer.
Yo me dedicaba a la labor entre manos a la vez que ayudaba a Eloise con las tareas del hogar para que no se extenuara. Pero a medida que pasaba el tiempo era como si una energía misteriosa invadiera su cuerpo. A los tres días ya no se fatigaba casi, a la semana ya no tuvo más ataques y hacía todas las labores sola y con una sonrisa en la cara, a las dos semanas no solo se empeñaba en tareas como cortar leña, que en mi vida la hubiera visto hacer, sino que le sobraba el tiempo para acompañarme en mis expediciones al bosque con mis instrumentos de medida.
Fue una noche, a las dos semanas y media que ya nos hubiéramos asentado en Bocadelobo, una noche fatídica a la vuelta de una de nuestras expediciones, en la que el horror comenzó. Esa tarde hubo un percance minúsculo que no habría acertado a recordar si no fuera que repasé todos los acontecimientos con posterioridad, tratando desesperadamente de hallar una explicación lógica al espanto que acaeció sobre mí:
Mi adorada Eloise se dedicaba a dibujar mientras yo trabajaba como era de costumbre, cuando de repente un achaque de tos la hizo convulsionarse espantosamente sobre su cuaderno. Yo acudí raudo y tan asustado como puede estarlo un marido perdido en medio de un bosque con su mujer retorciéndose en sus brazos.
Cayó inconsciente en ese mismo instante y la llevé en brazos a la cabaña. No despertó de su ensueño hasta bien entrada la noche, y solo para proferir balbuceos febriles. Una matrona local se ofreció (pago de por medio) en ayudarme a cuidarla por la noche.
Dejé tiradas todas nuestras cosas en el pavor que me invadió, y con miedo de perder mis objetos más preciados fui en su busca. Ah, como dejaría tirados los tesoros más grandes de la humanidad por un solo momento con mi Eloise, como fui tan ciego de dejarla postrada a merced de esa horrible mujer. Gorda enorme, con los pechos tan caídos como su vientre abultado, su cuerpo desfigurado por los sucesivos partos y su rostro achicharrado, cubierto de arrugas y cicatrices, tuerta de un ojo y los pocos dientes amarillos o hasta marrones del tabaco de su pipa. Y mi Eloise, que aún postrada con la piel amarillenta por la fiebre, cubierta en sudor y retorciéndose de vez en cuando en espasmos involuntarios, aún en su peor hora era la más hermosa entre todas las mujeres.
Caminaba apresuradamente camino al lugar donde dejara mis herramientas de trabajo, guiando mis pasos con una lampará de aceite tan vieja que el vidrio mugriento daba una luz más verdosa que amarilla. Los enanos y retorcidos árboles de aquella zona, llenos de nudos y con las traicioneras raíces asomando por doquier, se encontraban tan tupidos que aún de día debía uno llevar cuidado. Encontré como de milagro el cuaderno de Eloise, pero al echar una ojeada a lo que estaba dibujando antes de caer convaleciente se me heló la sangre en las venas
Los espantosos dibujos no se asemejaban en absoluto a los hermosos paisajes que mi amada Eloise solía retratar. Imagenes de demonios, bestias horripilantes de cuerpos peludos, con tres cabezas y cientos de colmillos apuntando como chuzos de sus bocas, con cuernos recorriendo sus espaldas, tres brazos y otras tantas atrocidades; bañados en sangre, devorando cuerpos humanos, destrosandose los cráneos entre sí. Arrojé el cuaderno inmediatamente asqueado por lo vívido de las imágenes, de un realismo que daba a pensar que los hubiera copiado de un modelo vivo.
Tomé mis utensilios y corrí de regreso a la cabaña, dejando el inmundo cuaderno a merced de la noche. Culpé a la fiebre por las imágenes repulsivas que mi amada Eloise jamas hubiera podido imaginar por su cuenta. No soy un hombre dado a creer en demonios, brujas o fantasmas. O al menos no lo era. Pero cuando llegué a la cabaña me crucé con la matrona, que si lo era, y en gran medida. Corría despavorida, tan rápido como sus rechonchas piernas le permitieran alejándose de nuestra morada. No llegué a entender lo que balbuceaba entre dientes, pero cuando le pregunté si le ocurría algo a mi mujer, pensando en esto el motivo de su prisa, solo me gritó algo de posesión demoníaca y siguió corriendo, haciendo oídos sordos a mis reclamos.
Pero al entrar no encontré nada más que a mi amada, tendida en nuestra cama, durmiendo plácidamente. No pude evitar soltar un suspiro de alivio. Con el estomago hecho un nudo por los nervios, y el cansancio tanto mental como físico, me acosté agotado junto a mi Eloise. Dormí, aún así, un sueño intranquilo, pues las imágenes de espanto que viera en el cuaderno de mi mujer, asechabanme en sueños. Veía bocas inmundas que desprendían vapores rancios; ojos inyectos en sangre que me escrutaban como a una presa; garras inmensas que me perseguían para descuartizarme vivo...
Me levanté a mitad de la noche para tomar agua, incapaz de contenerme más tiempo postrado. Mis manos temblaban y un sudor frío me corría por la frente. No prendí la luz para no despertar a Eloise, pero al volver a la cama la encontré vacía. Comencé a gritar el nombre de mi mujer a viva vos. Enloquecido de miedo como ya estaba salí a buscarla fuera. Y para alivio mio la encontré en lo que hubiera sido el patio del fondo de la cabaña, si no fuera que era el mismísimo bosque.
Bocadelobo II
Todo empezó cuando vinimos con mi adorada Eloise a vivir a Bocadelobo. El aire limpio del campo le hacía bien a su asma. Con mi sueldo de cartógrafo no podía pagar los tratamientos más caros. Pero este trabajo era una mejoría por dos motivos; por un lado el dinero era un gran incentivo; por otro pasar seis meses lejos de la polución de la ciudad, con el fresco aire de la montaña, purificado por los robustos bosques de Bocadelobo, era impagable.
Un anciano sin la parte inferior de su dentadura y sin la parte superior de su cabellera, tan flaco y encorvado que pareciera a punto de partirse, nos alquiló un cuarto en su vivienda: un despotricado cobertizo de madera en pleno bosque. No hay un pueblo propiamente dicho, sino solo cabañas de leñadores y cazadores, y los tres o cuatro edificios infaltables donde sea que se junten las personas: la iglesia, la droguería, la cárcel, etc. Una vez a la semana viene una diligencia, la misma en la que vinimos nosotros, con el correo y la mercadería indispensable que el bosque no puede proveer.
Yo me dedicaba a la labor entre manos a la vez que ayudaba a Eloise con las tareas del hogar para que no se extenuara. Pero a medida que pasaba el tiempo era como si una energía misteriosa invadiera su cuerpo. A los tres días ya no se fatigaba casi, a la semana ya no tuvo más ataques y hacía todas las labores sola y con una sonrisa en la cara, a las dos semanas no solo se empeñaba en tareas como cortar leña, que en mi vida la hubiera visto hacer, sino que le sobraba el tiempo para acompañarme en mis expediciones al bosque con mis instrumentos de medida.
Fue una noche, a las dos semanas y media que ya nos hubiéramos asentado en Bocadelobo, una noche fatídica a la vuelta de una de nuestras expediciones, en la que el horror comenzó. Esa tarde hubo un percance minúsculo que no habría acertado a recordar si no fuera que repasé todos los acontecimientos con posterioridad, tratando desesperadamente de hallar una explicación lógica al espanto que acaeció sobre mí:
Mi adorada Eloise se dedicaba a dibujar mientras yo trabajaba como era de costumbre, cuando de repente un achaque de tos la hizo convulsionarse espantosamente sobre su cuaderno. Yo acudí raudo y tan asustado como puede estarlo un marido perdido en medio de un bosque con su mujer retorciéndose en sus brazos.
Cayó inconsciente en ese mismo instante y la llevé en brazos a la cabaña. No despertó de su ensueño hasta bien entrada la noche, y solo para proferir balbuceos febriles. Una matrona local se ofreció (pago de por medio) en ayudarme a cuidarla por la noche.
Dejé tiradas todas nuestras cosas en el pavor que me invadió, y con miedo de perder mis objetos más preciados fui en su busca. Ah, como dejaría tirados los tesoros más grandes de la humanidad por un solo momento con mi Eloise, como fui tan ciego de dejarla postrada a merced de esa horrible mujer. Gorda enorme, con los pechos tan caídos como su vientre abultado, su cuerpo desfigurado por los sucesivos partos y su rostro achicharrado, cubierto de arrugas y cicatrices, tuerta de un ojo y los pocos dientes amarillos o hasta marrones del tabaco de su pipa. Y mi Eloise, que aún postrada con la piel amarillenta por la fiebre, cubierta en sudor y retorciéndose de vez en cuando en espasmos involuntarios, aún en su peor hora era la más hermosa entre todas las mujeres.
Caminaba apresuradamente camino al lugar donde dejara mis herramientas de trabajo, guiando mis pasos con una lampará de aceite tan vieja que el vidrio mugriento daba una luz más verdosa que amarilla. Los enanos y retorcidos árboles de aquella zona, llenos de nudos y con las traicioneras raíces asomando por doquier, se encontraban tan tupidos que aún de día debía uno llevar cuidado. Encontré como de milagro el cuaderno de Eloise, pero al echar una ojeada a lo que estaba dibujando antes de caer convaleciente se me heló la sangre en las venas
Los espantosos dibujos no se asemejaban en absoluto a los hermosos paisajes que mi amada Eloise solía retratar. Imagenes de demonios, bestias horripilantes de cuerpos peludos, con tres cabezas y cientos de colmillos apuntando como chuzos de sus bocas, con cuernos recorriendo sus espaldas, tres brazos y otras tantas atrocidades; bañados en sangre, devorando cuerpos humanos, destrosandose los cráneos entre sí. Arrojé el cuaderno inmediatamente asqueado por lo vívido de las imágenes, de un realismo que daba a pensar que los hubiera copiado de un modelo vivo.
Tomé mis utensilios y corrí de regreso a la cabaña, dejando el inmundo cuaderno a merced de la noche. Culpé a la fiebre por las imágenes repulsivas que mi amada Eloise jamas hubiera podido imaginar por su cuenta. No soy un hombre dado a creer en demonios, brujas o fantasmas. O al menos no lo era. Pero cuando llegué a la cabaña me crucé con la matrona, que si lo era, y en gran medida. Corría despavorida, tan rápido como sus rechonchas piernas le permitieran alejándose de nuestra morada. No llegué a entender lo que balbuceaba entre dientes, pero cuando le pregunté si le ocurría algo a mi mujer, pensando en esto el motivo de su prisa, solo me gritó algo de posesión demoníaca y siguió corriendo, haciendo oídos sordos a mis reclamos.
Pero al entrar no encontré nada más que a mi amada, tendida en nuestra cama, durmiendo plácidamente. No pude evitar soltar un suspiro de alivio. Con el estomago hecho un nudo por los nervios, y el cansancio tanto mental como físico, me acosté agotado junto a mi Eloise. Dormí, aún así, un sueño intranquilo, pues las imágenes de espanto que viera en el cuaderno de mi mujer, asechabanme en sueños. Veía bocas inmundas que desprendían vapores rancios; ojos inyectos en sangre que me escrutaban como a una presa; garras inmensas que me perseguían para descuartizarme vivo...
Me levanté a mitad de la noche para tomar agua, incapaz de contenerme más tiempo postrado. Mis manos temblaban y un sudor frío me corría por la frente. No prendí la luz para no despertar a Eloise, pero al volver a la cama la encontré vacía. Comencé a gritar el nombre de mi mujer a viva vos. Enloquecido de miedo como ya estaba salí a buscarla fuera. Y para alivio mio la encontré en lo que hubiera sido el patio del fondo de la cabaña, si no fuera que era el mismísimo bosque.
Bocadelobo II
Enviar por correo electrónicoEscribe un blogCompartir en XCompartir con FacebookCompartir en Pinterest
Parafrenico de turno
Caliburnus
pirando a las
9:25 p. m.
2
comensales
sufrieron
ataques de pánico
sábado, 12 de marzo de 2011
Death
El pueblo no era más que una docena de casas amontonadas normalmente. Pero por culpa de la plaga ni pueblo era un termino apropiado. Las pilas de cadáveres en descomposición, algunas casas en llamas, en un desesperado intento de purga, y los muertos que no se conformaron con quedarse muertos...
Sentada sobre un barril, tomando de una botella Slither admiraba la escena. Velvet caminaba entre la carroña admirado del trabajo de la peste. Era obvio que el destino iba a unir sus caminos.
—Me llama la atención que estés sentada tan calma entre el caos reinante a tu alrededor
—He visto peores escenas. Y varias las he causado yo misma.
—Por algún motivo me das la impresión de ser una Assassin...
—Bueno, yo no tengo dudas de que eres un Nigromante. La armadura de hueso te delata...
Se midieron a unos pasos de distancia, pero Slither le señaló otro barril con la cabeza. Velvet no tomaba, pero sacó una pipa, tallada en un fémur humano y comenzaron a conversar animadamente. La escena estaba teñida por el olor a putrefacción, la muerte que los rodeaba en forma casi que tangible. Pero justo eso era lo que tenían en común: la muerte.
— ¿Te molestan los Nigromantes?
— ¿Y por qué habrían de molestarme? Yo los mato, ustedes los usan después. Ni interfieren en mi trabajo ni lo deshacen como los malditos Bendecidos...
—Ah, ahora entiendo un poco más la mentalidad del Assassin. Compartimos el odio por los Bendecidos, pero asumo que a ti lo que te molesta no es que mancillen a un cadáver con nueva vida, sino que deshagan algo que debería ser definitivo... ¿Me equívoco?

—Has dado justo en el clavo. Todos vamos a morir, la muerte es una sola. Cada quien recibió dos regalos: una vida y una muerte. Y los malditos Bendecidos (que irónicas mis palabras, ¿no?) le quitan el valor a ambas.
—Sí, es cierto. Es totalmente antinatural revivir a alguien que ya ha muerto. Además los estúpidos se creen más poderosos que el destino mismo, decidiendo QUIEN recibe el regalo que es estar vivo por segunda, y en algunos casos tercera y hasta cuarta vez.
— ¡Exacto! ¿Y nos juzgan a nosotros por terminar una vida "antes de tiempo"? ¿¿Y quienes son ellos para prolongar una más de la cuenta?? No saben apreciar el fino trabajo que hacemos. No es simplemente cercenar una garganta, hay que darle un final digno. Sí vas a matar a alguien más te vale hacerlo bien.
—Nunca van a entender la deshonra que provocan constantemente... ¿Puedo preguntar que haces en estos lares?
—Sí, puedes. Pero antes dime que haces tu aquí.
—Bueno, esta plaga extraña está diezmando la población del reino. Pero lo interesante es que mucha gente se transforma en muertos vivos de manera espontánea. Como Nigromante es obvio que quiero aprender el porqué. Después de todo mi existencia se basa en crear y controlar muertos vivientes. Tu turno.
—Sí, asumí que sería por algún motivo de esa índole... ¿Y no te preocupa que la gente piense que eres el responsable de la muerte andante?
— ¿Y tú me piensas responder con evasivas toda la noche?
Las llamas de la casa que los iluminaba danzaban al par de los gritos agonizantes. Un Zombie pasó a su lado sin prestarles atención siquiera. Slither sacó una ballesta de bajo su capa, le disparó entré los ojos y le respondió a Velvet:
—La gente me paga por matar. Lo que esta peste cambió es que me pagan los que quieren morir. No quieren convertirse en muertos vivientes, así que me piden que les de un final digno. Y ese es justamente mi trabajo. Aquí saben apreciar una muerte bien lograda.
—Entonces te interesará mi propuesta. Yo justamente tengo la intención de convertirme en un Lich, y tus servicios me sirven como anillo al dedo. ¿Quien mejor que una Assassin para terminar mi vida mortal?
Los ojos de Slither se iluminaron como las llamas de la ya silenciosa vivienda. Alguien que comprendía su forma de arte, y le pedía que la aplicara a su existencia. No se iba a negar. Era exactamente lo que ella quería.
—Dime cuando y donde. Y no, no voy a cobrarte. La primera es por cuenta de la casa por saber apreciar mi trabajo—y le guiñó un ojo.
Han pasado semanas. Slither y Velvet están en una oscura y fría cripta. Es el laboratorio personal de Velvet. Este está ataviado con una ceremoniosa bata negra. Para convertirse en un Lich, un mago muerto viviente, tiene que hacer la ceremonia de una manera especifica: Tiene que morir de cierta manera para que su alma se aprisione en la filactería y pueda seguir morando en la carcasa hueca en la que se irá transformando su cuerpo. Ella es justamente lo que el busca: alguien que entienda la importancia de una muerte bien hecha, alguien en quien confiarle el hecho de matarlo.
Velvet se acuesta en el altar de piedra para sacrificios. Slither toma el puñal con el placer anticipado de una muerte. Pero Velvet también la espera: para el no es un final, sino un comienzo; es el momento de su apoteosis. Velvet no percibe la emoción en el rostro de Slither. Nunca comprendió que su arte no es seguir una serie de pautas preestablecidas al dar una muerte. No entendió que su arte es creativo, su arte no es destructivo, su arte implica a veces incluso hacer sufrir tanto a la obra que la muerte llegue como un alivio.
Recién al momento en que el puñal penetró la carne Velvet pudo leer en sus ojos algo que ella le había dicho, pero el no supo escuchar.
—Me pagaban para que les diera muerte, porque lo que yo mato se queda muerto Nigromante...
Sentada sobre un barril, tomando de una botella Slither admiraba la escena. Velvet caminaba entre la carroña admirado del trabajo de la peste. Era obvio que el destino iba a unir sus caminos.
—Me llama la atención que estés sentada tan calma entre el caos reinante a tu alrededor
—He visto peores escenas. Y varias las he causado yo misma.
—Por algún motivo me das la impresión de ser una Assassin...
—Bueno, yo no tengo dudas de que eres un Nigromante. La armadura de hueso te delata...
Se midieron a unos pasos de distancia, pero Slither le señaló otro barril con la cabeza. Velvet no tomaba, pero sacó una pipa, tallada en un fémur humano y comenzaron a conversar animadamente. La escena estaba teñida por el olor a putrefacción, la muerte que los rodeaba en forma casi que tangible. Pero justo eso era lo que tenían en común: la muerte.
— ¿Te molestan los Nigromantes?
— ¿Y por qué habrían de molestarme? Yo los mato, ustedes los usan después. Ni interfieren en mi trabajo ni lo deshacen como los malditos Bendecidos...
—Ah, ahora entiendo un poco más la mentalidad del Assassin. Compartimos el odio por los Bendecidos, pero asumo que a ti lo que te molesta no es que mancillen a un cadáver con nueva vida, sino que deshagan algo que debería ser definitivo... ¿Me equívoco?
—Has dado justo en el clavo. Todos vamos a morir, la muerte es una sola. Cada quien recibió dos regalos: una vida y una muerte. Y los malditos Bendecidos (que irónicas mis palabras, ¿no?) le quitan el valor a ambas.
—Sí, es cierto. Es totalmente antinatural revivir a alguien que ya ha muerto. Además los estúpidos se creen más poderosos que el destino mismo, decidiendo QUIEN recibe el regalo que es estar vivo por segunda, y en algunos casos tercera y hasta cuarta vez.
— ¡Exacto! ¿Y nos juzgan a nosotros por terminar una vida "antes de tiempo"? ¿¿Y quienes son ellos para prolongar una más de la cuenta?? No saben apreciar el fino trabajo que hacemos. No es simplemente cercenar una garganta, hay que darle un final digno. Sí vas a matar a alguien más te vale hacerlo bien.
—Nunca van a entender la deshonra que provocan constantemente... ¿Puedo preguntar que haces en estos lares?
—Sí, puedes. Pero antes dime que haces tu aquí.
—Bueno, esta plaga extraña está diezmando la población del reino. Pero lo interesante es que mucha gente se transforma en muertos vivos de manera espontánea. Como Nigromante es obvio que quiero aprender el porqué. Después de todo mi existencia se basa en crear y controlar muertos vivientes. Tu turno.
—Sí, asumí que sería por algún motivo de esa índole... ¿Y no te preocupa que la gente piense que eres el responsable de la muerte andante?
— ¿Y tú me piensas responder con evasivas toda la noche?
Las llamas de la casa que los iluminaba danzaban al par de los gritos agonizantes. Un Zombie pasó a su lado sin prestarles atención siquiera. Slither sacó una ballesta de bajo su capa, le disparó entré los ojos y le respondió a Velvet:
—La gente me paga por matar. Lo que esta peste cambió es que me pagan los que quieren morir. No quieren convertirse en muertos vivientes, así que me piden que les de un final digno. Y ese es justamente mi trabajo. Aquí saben apreciar una muerte bien lograda.
Los ojos de Slither se iluminaron como las llamas de la ya silenciosa vivienda. Alguien que comprendía su forma de arte, y le pedía que la aplicara a su existencia. No se iba a negar. Era exactamente lo que ella quería.
—Dime cuando y donde. Y no, no voy a cobrarte. La primera es por cuenta de la casa por saber apreciar mi trabajo—y le guiñó un ojo.
Han pasado semanas. Slither y Velvet están en una oscura y fría cripta. Es el laboratorio personal de Velvet. Este está ataviado con una ceremoniosa bata negra. Para convertirse en un Lich, un mago muerto viviente, tiene que hacer la ceremonia de una manera especifica: Tiene que morir de cierta manera para que su alma se aprisione en la filactería y pueda seguir morando en la carcasa hueca en la que se irá transformando su cuerpo. Ella es justamente lo que el busca: alguien que entienda la importancia de una muerte bien hecha, alguien en quien confiarle el hecho de matarlo.
Velvet se acuesta en el altar de piedra para sacrificios. Slither toma el puñal con el placer anticipado de una muerte. Pero Velvet también la espera: para el no es un final, sino un comienzo; es el momento de su apoteosis. Velvet no percibe la emoción en el rostro de Slither. Nunca comprendió que su arte no es seguir una serie de pautas preestablecidas al dar una muerte. No entendió que su arte es creativo, su arte no es destructivo, su arte implica a veces incluso hacer sufrir tanto a la obra que la muerte llegue como un alivio.
Recién al momento en que el puñal penetró la carne Velvet pudo leer en sus ojos algo que ella le había dicho, pero el no supo escuchar.
—Me pagaban para que les diera muerte, porque lo que yo mato se queda muerto Nigromante...
Enviar por correo electrónicoEscribe un blogCompartir en XCompartir con FacebookCompartir en Pinterest
Parafrenico de turno
Caliburnus
pirando a las
3:14 a. m.
4
comensales
sufrieron
ataques de pánico
martes, 25 de enero de 2011
Human harvest
Corta sus cuerdas vocales. Además de ahorrar en aislante sonoro no pueden evitar que los alimentes. Recuerda que si los entierras no tienen espacio para engordar. Lo mejor es enterrar un tanque y meterlos dentro dejando solo la cabeza fuera, cortar en pleno esófago y clavar un embudo.
Obvio que tienen que curar las heridas antes de que puedan ser plantados en tu patio. Los quieres saludables, no infectos. Lo más fácil en este caso es cauterizar la herida luego de cortar sus gargantas con un hierro al rojo blanco.
¿No es suficientemente privado tu patio? ¿No puedes enterrarlos? Bueno, puedes solo cortar sus brazos y piernas, pero pierdes mucha carne. Y al atarlos siempre existe el riesgo de que se escapen/suiciden.
Una manera muy simple de someterlos en lugar de enterrarlos es aprisionar sus manos y piernas en bloques de cemento. Si pueden ser las cuatro extremidades en el mismo bloque mejor. Pero no el miembro completo, por el mismo motivo que no quieres enterrarlos directo en la tierra.
Ah, y casi me olvido: El estrés pone dura la carne, así que luego te doy una lección rápida de como practicar lobotomías con un pica hielos, o un destornillador phillips en su defecto.
Obvio que tienen que curar las heridas antes de que puedan ser plantados en tu patio. Los quieres saludables, no infectos. Lo más fácil en este caso es cauterizar la herida luego de cortar sus gargantas con un hierro al rojo blanco.
¿No es suficientemente privado tu patio? ¿No puedes enterrarlos? Bueno, puedes solo cortar sus brazos y piernas, pero pierdes mucha carne. Y al atarlos siempre existe el riesgo de que se escapen/suiciden.
Una manera muy simple de someterlos en lugar de enterrarlos es aprisionar sus manos y piernas en bloques de cemento. Si pueden ser las cuatro extremidades en el mismo bloque mejor. Pero no el miembro completo, por el mismo motivo que no quieres enterrarlos directo en la tierra.
Ah, y casi me olvido: El estrés pone dura la carne, así que luego te doy una lección rápida de como practicar lobotomías con un pica hielos, o un destornillador phillips en su defecto.
Enviar por correo electrónicoEscribe un blogCompartir en XCompartir con FacebookCompartir en Pinterest
Parafrenico de turno
Caliburnus
pirando a las
8:40 p. m.
2
comensales
sufrieron
ataques de pánico
domingo, 16 de enero de 2011
Ornitofobia
No savia si era una paloma lo miraba a través de la ventana cerrada. La oscuridad de la noche sin luna no permitía distinguir bien las cosas, menos aquella silueta borrosa, que parecía que iba a despegar hacia el, en cualquier momento, tirándolo, imponente, del sillón en el que se encontraba sentado, tomándose un vermouth reflexivamente aquella noche.
La leve iluminación de los edificios circundantes, que aparentemente lejanos se alzaban, no hacia sino incrementar el lúgubre aspecto de aquel inofensivo y pequeño animal, que lo amenazaba pasivamente, en esa ventana del octavo piso del complejo de apartamentos. Jamás se le paso por la cabeza prender la luz, quitando lo impresionante y amenazador de aquella figura, pero también apagando la calma, matando la tradición que hacia ya tantos viernes había creado, sin siquiera pensarlo, tantos que no recordaba cuantos, ni en otra escala podía acaso medir el tiempo transcurrido desde el primero.
Tomo otro sorbo. Comenzó a dejar volar su imaginación, mientras prendía un cigarrillo, ayudada, obviamente, por el alcohol en su sangre, la nicotina en sus pulmones, el cansancio en su cabeza y el dolor de la soledad en su corazón. Empezó a ver un enorme buitre, del tamaño de un 747, que de un solo golpe, levantaba todos los pisos superiores al suyo, dejándolo sin techo, al descubierto, para atacarlo. Volvió en si.
Tomo otro sorbo, luego de otra pitada. Comenzó luego a ver un asesino oculto en las sombras, que no hacia sino apremiarlo, esperando que se descuidara. Ya podía ver como el astuto comando, esperaba a que se durmiera, se deshacía del disfraz de paloma, para entrar sin ser siquiera percibido en lo mas mínimo, liquidarlo en el acto, con alguna inyección letal, imperceptible a pruebas posteriores y escabullirse en la penumbra con una misión exitosa mas.
Otro vaso servido, otro cigarrillo prendido después, se erguía frente a él, un dragón que exhalaba lentamente, pacientemente, observándolo, creando una cortina de humo para cegarlo y asegurar la caza, pero sin darse cuenta que el humo que invadía la habitación, provenía de su cigarrillo. Estaba considerando seriamente cerrar la cortina y continuar con su ritual de los jueves de noche, en la total penumbra, en lugar del acostumbrado resplandor de los edificios aledaños, el brillo de las estrellas y la ocasional luz de luna que iluminaba con un resplandor opaco la sala de estar/comedor de su apartamento de soltero. Dejo el vaso en la mesa a su derecha, y el cigarro en el cenicero de la misma. Fue al baño a liberar el contenido de su vejiga.
Todas las alucinaciones posibles que se le pueden ocurrir a uno, estando solo, ligeramente ebrio, observando la silueta de una paloma, que se posa inocentemente, a dormir, en el alfeizar de la ventana de su hogar, interrumpiendo una tradición de paz y calma, se ocurrieron a lo largo de dos horas y media. Luego de las cuales, había visto: Vampiros; Duendes; Extraterrestres; Demonios; Robots espías; Cuervos asesinos modificados genéticamente; Explosivos de algún terrorista que esperaba la mañana para volar el edificio; En fin, de todo.
Aclaro sus pensamientos. Solo era una paloma. Decidió por fin hacer uso de la lógica y abrir la lumbrera para ahuyentar el animal, que parecía estarle molestando tanto, sin ningún motivo. ¿Por qué le molestaba siquiera? No hacia nada el pobre. Pero se decidió, se irguió de su asiento, tratando de ir en línea recta, se dirigió a la ventana. La abrió causando que la infeliz paloma se despertara y se transformara en un cúmulo de plumas que revoloteaba sin cesar, alejándose del edificio que le había servido de refugio aquella noche sin luna. Acto seguido, se dirigió de nuevo hacia su trono nocturno. Le pareció relajante la brisa ligera que entraba por la abertura, por lo que decidió dejarla. El reloj de pared marcaba ya las dos menos cinco.
Decir que su vida cotidiana era acelerada era quedarse corto. Vivía corriendo de acá hacia allá, apremiado por su agobiante trabajo, sus estudios aun sin finalizar, acrecentado por su cada ves menor vida social, que en lugar de ser una liberación, representaba otro cansancio mas. Por eso prefería relajarse, descansar y disfrutar de una noche de paz, en la que el carcelero que lo miraba desde su muñeca, lo dejaba en paz por unos instantes, y por unos instantes se sentía libre. Su reloj de pulsera lo miraba desde la mesa, con la cara redonda y esos bigotes fluorescentes, que marcaban el fin de otro minuto y otra hora.
Al cuarto de baño de nuevo. Se sentó una vez mas en el sillón reclinable, su trono, donde podía… ¿Que había en la ventana? No podía ser. Se levanto para ver más de cerca. Parecía ser… ¡Imposible! ¡La maldita paloma estaba ahí otra vez, pero esta vez quería entrar por la ventana abierta! Agarro con firmeza la botella, vacía ya, y se irguió. Avanzo tan lento que no lo creía posible, viéndola con los ojos nublados. Se acercaba cada vez más. Más cerca, mas cerca, más, ya casi… y justo cuando levanto, lentamente la botella/garrote, en el preciso momento en el que se disponía a dar el golpe ejecutor, justo en ese preciso momento, cambia de opinión el ave y decide que quiere salir de ahí. Da media vuelta y sale caminando por el marco de la ventana. Pero no se iba a quedar así ese ultraje, no señor.
Se agacho cautelosamente, hasta el borde de la ruta de escape del fugitivo pajarraco, sujetando con fuerza su arma. Asomo la cabeza. Ahí estaba, como burlándose, mas a la derecha, en la cornisa que recorría el costado del edificio. Al ver que no la alcanzaría, se inclino para buscar el objeto de su deseo.
Considerar que había perdido el equilibrio por culpa del alcohol y el viento era sencillo, más con la botella de vermouth como testigo; pensar en la posibilidad del suicidio de un pobre atormentado, que viene a caer de espaldas en el techo de un auto, lo era aun más; pero nada de esto explicaba los arañasos que desfiguraban su rostro y pecho, ni donde estaba su mano derecha.
Enviar por correo electrónicoEscribe un blogCompartir en XCompartir con FacebookCompartir en Pinterest
Parafrenico de turno
Caliburnus
pirando a las
11:01 p. m.
0
comensales
sufrieron
ataques de pánico
lunes, 10 de enero de 2011
Necesidad, Madre de la invención
—Hemos malgastado los últimos diecisiete años de nuestras vidas y casi todo lo que quedaba de la fortuna del abuelo corriendo tras el sueño imposible de Padre.
—Tú solo preocupate de hacer tu parte.
— ¡El cuerpo no puede funcionar sin una mente! Sabes perfectamente bien que tengo que construir el cuerpo al rededor de como la mente va a controlarlo.
—Tú has el cuerpo y yo tendré la mente lista. El sueño de Padre también solía ser el nuestro, ¿o lo has olvidado Daniel?
—Yo quiero revivir a Madre tanto como Padre quería, pero esto esta yendo demasiado lejos Daniel.
— ¿Demasiado lejos? ¡¿Demasiado lejos?! ¿Es al éxito a lo que le tienes miedo? ¡Justo ahora que estamos por conseguirlo me das la espalda como un vil Cain!
—Jonathan, no se si me gusta lo que estamos haciendo. ¿Estamos jugando a ser dioses acaso?
—Daniel, aún si se ve, piensa y hasta siente como Madre...
— ¿Qué? ¡Dilo!
—No podemos traerla de regreso. Entiendo que te sientas culpable por-
— ¡NO! Jamas... Jamas menciones de nuevo...
—Lo siento hermano, pero sabes que es verdad.
— ¡TÚ ASEGURATE DE TENER LA MALDITA MENTE PRONTA! ¡Por la memoria de Padre que tendré el cuerpo a tiempo!
...Nunca debimos firmar ese contrato con el gobierno.
— ¿Y desperdiciar todo lo que habíamos logrado hasta el momento, tan cerca de conseguirlo, por algo tan burdo como falta de fondos?
— ¡Siempre estamos a punto de lograrlo demonios! Siempre estamos al borde del éxito... Siempre dices lo mismo...
— ¡Pero esta vez es verdad! ¿Acaso no lo sientes? Por fin Madre...
—Jonathan, me das lastima...
—Tú has tu maldito trabajo y asegurate de tener listo el cuerpo para cuando tengamos que tomar ese tren el sábado. Y recuerda que no podemos tomar el siguiente porque perderíamos el vapor. Tal ves deberíamos tomar el de las seis en lugar de el de las diez.
—Pero mira lo que dices Jonathan. Estás construyendo castillos en las nubes. ¿Acaso no entiendes que lo único que me falta para completar el cuerpo es de que manera se va a conectar a la mente? No podemos solo sacar un cable y conectarlo a la mente.
— ¿Y por qué no?
— ¿Qué?
— ¡Sí! ¡Piénsalo! El motor a vapor hace funcionar los engranajes que mueven las extremidades de la araña mecánica, ¿no? Y controlando las manivelas de aquí, aquí y aquí es que puede cambiar las velocidades y la dirección, ¿no? Y con las mismas manivelas es que la haría detenerse.
—Sí, ya lo se, yo diseñe el cuerpo por dios. ¿Cual es tu punto?
— ¿Por qué no solo sacar un cable desde... aquí hasta... aquí?
— ¿Y como se supone que la mente jale del cable?
—Eso déjamelo a mi. Ten todo preparado para el sábado.
—Jonathan...
— ¿Sí hermano?
— ¿Cómo construiste la mente de la araña tan rápido? El cuerpo es fácil. Después de hacer el cuerpo de Madre hacer el de la araña solo es aplicar los conocimientos. Pero aun con lo que simplificamos el diseño de la araña para no revelarle todo al gobierno, la mente es demasiado compleja para que pudieras hacer una en apenas seis meses... ¿Por qué les dijiste un plazo tan corto?
—Por un lado nunca se sabe cuando va a acabar la guerra y quería asegurarme de conseguir ese contrato. No es como si nos llovieran contratos, lo sabes...
— ¿Y por otro lado?
—Bueno, era imposible hacer una segunda mente, aun una sencilla como la de la araña en menos de un par de años. Y esperar dos años solo para mostrarles el prototipo me parecía-
—Un momento. Yo recuerdo claramente haberte propuesto usar un piloto y solo ponerle palancas al diseño. Eliminar la mente de la ecuación. Simplificaba todo, no les dábamos la información mas valiosa y podíamos hacerlo en el plazo.
—Yo quería presentarles algo que nunca hubieran visto. El arma perfecta, el soldado perfecto. Todo en uno. Lo que tu dices solo seria darles una montura que nada tiene que envidiarle a un buen caballo. Y se por la misma fuente que me consiguió el contrato, que el gobierno esta construyendo unos carros blindados que harán tanto a los caballos como a los mosquetes obsoletos. ¡Yo quería presentarles un invento así!
—Pero yo pensé que no se podía hacer una mente en tan corto tiempo...
—No se puede. Pero era todo el tiempo que necesitaba para terminar la que ya tenia y ajustarla.
— ¡¡Que le has hecho a la mente de Madre??
— ¡No es nuestra madre! ¡Aceptalo de una maldita vez! Ese montón de hojalata no es nuestra madre. Nuestra madre murió en el incendio que TÚ provocaste-
— ¡Aaaaaah!
— ¡Suéltame Daniel! ¡Suéltame!
— ¡¡TE MATARE MALDITO!!
Un golpe seco, un ruido sordo y una de las mentes más brillantes del siglo XIX muere. Un soplo de culpa, un salto al vacío y el primer robot pensante de la historia nunca vería la luz.
—Tú solo preocupate de hacer tu parte.
— ¡El cuerpo no puede funcionar sin una mente! Sabes perfectamente bien que tengo que construir el cuerpo al rededor de como la mente va a controlarlo.
—Tú has el cuerpo y yo tendré la mente lista. El sueño de Padre también solía ser el nuestro, ¿o lo has olvidado Daniel?
—Yo quiero revivir a Madre tanto como Padre quería, pero esto esta yendo demasiado lejos Daniel.
— ¿Demasiado lejos? ¡¿Demasiado lejos?! ¿Es al éxito a lo que le tienes miedo? ¡Justo ahora que estamos por conseguirlo me das la espalda como un vil Cain!
—Jonathan, no se si me gusta lo que estamos haciendo. ¿Estamos jugando a ser dioses acaso?
—Daniel, aún si se ve, piensa y hasta siente como Madre...
— ¿Qué? ¡Dilo!
—No podemos traerla de regreso. Entiendo que te sientas culpable por-
— ¡NO! Jamas... Jamas menciones de nuevo...
—Lo siento hermano, pero sabes que es verdad.
— ¡TÚ ASEGURATE DE TENER LA MALDITA MENTE PRONTA! ¡Por la memoria de Padre que tendré el cuerpo a tiempo!
...Nunca debimos firmar ese contrato con el gobierno.
— ¿Y desperdiciar todo lo que habíamos logrado hasta el momento, tan cerca de conseguirlo, por algo tan burdo como falta de fondos?
— ¡Siempre estamos a punto de lograrlo demonios! Siempre estamos al borde del éxito... Siempre dices lo mismo...
— ¡Pero esta vez es verdad! ¿Acaso no lo sientes? Por fin Madre...
—Jonathan, me das lastima...
—Tú has tu maldito trabajo y asegurate de tener listo el cuerpo para cuando tengamos que tomar ese tren el sábado. Y recuerda que no podemos tomar el siguiente porque perderíamos el vapor. Tal ves deberíamos tomar el de las seis en lugar de el de las diez.
—Pero mira lo que dices Jonathan. Estás construyendo castillos en las nubes. ¿Acaso no entiendes que lo único que me falta para completar el cuerpo es de que manera se va a conectar a la mente? No podemos solo sacar un cable y conectarlo a la mente.
— ¿Y por qué no?
— ¿Qué?
— ¡Sí! ¡Piénsalo! El motor a vapor hace funcionar los engranajes que mueven las extremidades de la araña mecánica, ¿no? Y controlando las manivelas de aquí, aquí y aquí es que puede cambiar las velocidades y la dirección, ¿no? Y con las mismas manivelas es que la haría detenerse.
—Sí, ya lo se, yo diseñe el cuerpo por dios. ¿Cual es tu punto?
— ¿Por qué no solo sacar un cable desde... aquí hasta... aquí?
— ¿Y como se supone que la mente jale del cable?
—Eso déjamelo a mi. Ten todo preparado para el sábado.
—Jonathan...
— ¿Sí hermano?
— ¿Cómo construiste la mente de la araña tan rápido? El cuerpo es fácil. Después de hacer el cuerpo de Madre hacer el de la araña solo es aplicar los conocimientos. Pero aun con lo que simplificamos el diseño de la araña para no revelarle todo al gobierno, la mente es demasiado compleja para que pudieras hacer una en apenas seis meses... ¿Por qué les dijiste un plazo tan corto?
—Por un lado nunca se sabe cuando va a acabar la guerra y quería asegurarme de conseguir ese contrato. No es como si nos llovieran contratos, lo sabes...
— ¿Y por otro lado?
—Bueno, era imposible hacer una segunda mente, aun una sencilla como la de la araña en menos de un par de años. Y esperar dos años solo para mostrarles el prototipo me parecía-
—Un momento. Yo recuerdo claramente haberte propuesto usar un piloto y solo ponerle palancas al diseño. Eliminar la mente de la ecuación. Simplificaba todo, no les dábamos la información mas valiosa y podíamos hacerlo en el plazo.
—Yo quería presentarles algo que nunca hubieran visto. El arma perfecta, el soldado perfecto. Todo en uno. Lo que tu dices solo seria darles una montura que nada tiene que envidiarle a un buen caballo. Y se por la misma fuente que me consiguió el contrato, que el gobierno esta construyendo unos carros blindados que harán tanto a los caballos como a los mosquetes obsoletos. ¡Yo quería presentarles un invento así!
—Pero yo pensé que no se podía hacer una mente en tan corto tiempo...
—No se puede. Pero era todo el tiempo que necesitaba para terminar la que ya tenia y ajustarla.
— ¡¡Que le has hecho a la mente de Madre??
— ¡No es nuestra madre! ¡Aceptalo de una maldita vez! Ese montón de hojalata no es nuestra madre. Nuestra madre murió en el incendio que TÚ provocaste-
— ¡Aaaaaah!
— ¡Suéltame Daniel! ¡Suéltame!
— ¡¡TE MATARE MALDITO!!
Un golpe seco, un ruido sordo y una de las mentes más brillantes del siglo XIX muere. Un soplo de culpa, un salto al vacío y el primer robot pensante de la historia nunca vería la luz.
Enviar por correo electrónicoEscribe un blogCompartir en XCompartir con FacebookCompartir en Pinterest
Parafrenico de turno
Caliburnus
pirando a las
6:51 a. m.
1 comensales
sufrieron
ataques de pánico
domingo, 9 de enero de 2011
Saturando una mente
Me he arrancado los ojos con mis propias uñas. Cerrarlos solo quería decir ver las pesadillas en el interior de mis parpados, tatuadas eternamente en mi subconsciente. El horror era tan grande que el dolor llego casi como un alivio y al fin pude dormir. No tranquilo, eso nunca. Pero dormir al fin. Pero por más que no tengas ojos despierto, las imágenes te llegan dormido. Y ahora al despertar con un grito ahogado, con el rostro cubierto de mi propia sangre y mis piernas de mi propia orina, y con el corazón arañando por escapar de mi pecho a través de mi boca, ahora estaba ciego.
La locura se apodera de tu mente en ciertas circunstancias. Todo comenzó cuando mi tripulación se amotino y me envió en un bote salvavidas, con un arma, un compás y comida para un día. Me abandonaron en la periferia de este refugio natural que encontráramos ese mismo día. El lugar fue la causa del motín.
Mis intenciones eran atracar para explorar y tal ves buscar provisiones, viendo las condiciones optimas del lugar, pero la tripulación se encontraba susceptible por demás y se negaron al punto de revelarse cuando insistí.
Siempre fui un buen capitán y me tenían en alta estima. Asumo fue por eso que me ofrecieron encerrarme en mi camarote. Fui yo quien les pidió que me enviaran a este lugar de pesadilla. No creo que haya jamas decisión de la que me logre arrepentir más. Aún si logro salir de este aislado rincón de espantos. Ni se les había ocurrido la opción, siendo para ellos peor que matarme el enviarme a aquí. Nunca sabre porque, pero lo mismo que los asustaba a ellos, eso mismo que les gritaba directo en la mente que huyeran, era lo que me pedía a mi venir...
Insistí tanto como ellos insistieron que no. Hasta me ofrecieron el mando de la nave si solo huíamos y no había represarías. Pero ya a ese punto solo quería bajar a ese planeta. Y a medida que el bote salvavidas descendía, las imágenes fueron pasando frente a mis ojos. No me entere hasta arrancármelos de cuajo que no eran mis ojos los que veían.
Hice contacto con el planeta en una especie de desierto gris. Un yermo desabrido, lleno de sonidos he imágenes. Era como estar sumergido en un caldo hecho por los sueños de mil almas en pena. Casi podía nadar en esas ondas que me rodeaban, que entraban y salían de mi ser, haciendo remolinos en torno mio, hasta que no lo pude soportar y en medio de convulsiones caí inconsciente. Pero fue peor en sueños y rápidamente desperté en plena pesadilla, de la manera que sabría costumbre apenas unos días después.
En el interior del bote salvavidas estaba a resguardo de las voces que hablaba un lenguaje alienijena y de las visiones de mundos oníricos que no existirán jamas. Pero las paredes del bote solo atenuaban el efecto. Me di cuenta en este punto, después de entrar arrastrándome al interior del bote, de que era eso lo que habíamos sentido todos. Solo que yo sentí una especie de curiosidad, mientras que los demás sintieron pavor. Sí hubieran sabido lo que esperaba en superficie de ese planeta aparentemente azul, solo hubieran huido más a prisa...
Finalmente, semi acostumbrado, me aventure al exterior de nuevo. Eventualmente logre encontrar alimento. El cadáver de una criatura enorme y peluda, con la cola y las cuatro garras peladas. Unas criaturas voladoras se alimentaban velozmente. No tenían boca, sino una especie de trompa que segregaba un fluido que derretía lentamente la carne, y luego la succionaban de nuevo por la trompa misma. Tenían un par de enormes ojos compuestos y seis patas.
A estas alturas no estaba seguro de si las criaturas eran reales o otra alucinación más, pero ya no importaba. Podía comer la carne de la criatura sin problemas. No moriría aun. Tal ves eso me pareciera bueno en el momento a través de la nebulosa de sueños que danzaban en mi cerebro. Pero a esta altura, tres de los días locales después, y unas dos de nuestras semanas, ciego y sordo por mano propia, he tomado la decisión de hacer esta grabación y terminar con esta agonía.
Pido disculpas por lo entreverado que pueda haber quedado esta especie de narración, pero no soy ningún poeta, y estoy al borde mismo de la locura, si es que no pase la barrera al momento de tocar tierra en este planeta.
Nadie sabría nunca que esa lata blanca tirada en el techo de un estacionamiento, junto al cadáver de una rata, era el bote salvavidas de una nave, de una especie capaz de captar las ondas de radio de nuestros celulares y sistemas wi-fi.
La locura se apodera de tu mente en ciertas circunstancias. Todo comenzó cuando mi tripulación se amotino y me envió en un bote salvavidas, con un arma, un compás y comida para un día. Me abandonaron en la periferia de este refugio natural que encontráramos ese mismo día. El lugar fue la causa del motín.
Mis intenciones eran atracar para explorar y tal ves buscar provisiones, viendo las condiciones optimas del lugar, pero la tripulación se encontraba susceptible por demás y se negaron al punto de revelarse cuando insistí.
Siempre fui un buen capitán y me tenían en alta estima. Asumo fue por eso que me ofrecieron encerrarme en mi camarote. Fui yo quien les pidió que me enviaran a este lugar de pesadilla. No creo que haya jamas decisión de la que me logre arrepentir más. Aún si logro salir de este aislado rincón de espantos. Ni se les había ocurrido la opción, siendo para ellos peor que matarme el enviarme a aquí. Nunca sabre porque, pero lo mismo que los asustaba a ellos, eso mismo que les gritaba directo en la mente que huyeran, era lo que me pedía a mi venir...
Insistí tanto como ellos insistieron que no. Hasta me ofrecieron el mando de la nave si solo huíamos y no había represarías. Pero ya a ese punto solo quería bajar a ese planeta. Y a medida que el bote salvavidas descendía, las imágenes fueron pasando frente a mis ojos. No me entere hasta arrancármelos de cuajo que no eran mis ojos los que veían.
Hice contacto con el planeta en una especie de desierto gris. Un yermo desabrido, lleno de sonidos he imágenes. Era como estar sumergido en un caldo hecho por los sueños de mil almas en pena. Casi podía nadar en esas ondas que me rodeaban, que entraban y salían de mi ser, haciendo remolinos en torno mio, hasta que no lo pude soportar y en medio de convulsiones caí inconsciente. Pero fue peor en sueños y rápidamente desperté en plena pesadilla, de la manera que sabría costumbre apenas unos días después.
En el interior del bote salvavidas estaba a resguardo de las voces que hablaba un lenguaje alienijena y de las visiones de mundos oníricos que no existirán jamas. Pero las paredes del bote solo atenuaban el efecto. Me di cuenta en este punto, después de entrar arrastrándome al interior del bote, de que era eso lo que habíamos sentido todos. Solo que yo sentí una especie de curiosidad, mientras que los demás sintieron pavor. Sí hubieran sabido lo que esperaba en superficie de ese planeta aparentemente azul, solo hubieran huido más a prisa...
Finalmente, semi acostumbrado, me aventure al exterior de nuevo. Eventualmente logre encontrar alimento. El cadáver de una criatura enorme y peluda, con la cola y las cuatro garras peladas. Unas criaturas voladoras se alimentaban velozmente. No tenían boca, sino una especie de trompa que segregaba un fluido que derretía lentamente la carne, y luego la succionaban de nuevo por la trompa misma. Tenían un par de enormes ojos compuestos y seis patas.
A estas alturas no estaba seguro de si las criaturas eran reales o otra alucinación más, pero ya no importaba. Podía comer la carne de la criatura sin problemas. No moriría aun. Tal ves eso me pareciera bueno en el momento a través de la nebulosa de sueños que danzaban en mi cerebro. Pero a esta altura, tres de los días locales después, y unas dos de nuestras semanas, ciego y sordo por mano propia, he tomado la decisión de hacer esta grabación y terminar con esta agonía.
Pido disculpas por lo entreverado que pueda haber quedado esta especie de narración, pero no soy ningún poeta, y estoy al borde mismo de la locura, si es que no pase la barrera al momento de tocar tierra en este planeta.
Nadie sabría nunca que esa lata blanca tirada en el techo de un estacionamiento, junto al cadáver de una rata, era el bote salvavidas de una nave, de una especie capaz de captar las ondas de radio de nuestros celulares y sistemas wi-fi.
Enviar por correo electrónicoEscribe un blogCompartir en XCompartir con FacebookCompartir en Pinterest
Parafrenico de turno
Caliburnus
pirando a las
3:33 a. m.
0
comensales
sufrieron
ataques de pánico
domingo, 26 de diciembre de 2010
Inconclusa
Estas tranquilamente acostado en una hamaca paraguaya, con una novela y una jarra de té helado. Es un apacible domingo de primavera, tenes muchas cosas que hacer, pero nada que quieras hacer. El aire tibio te induce esa sensación de tranquilidad, de calma. El libro es una novela de horror. El momento no es el propicio para leer literatura de terror, siendo una brillante tarde, con ningún sonido mas que el cantar de un ave y el hielo derritiendoce en la jarra, pero quieres saber como termina y un momento tranquilo para leer como este no siempre se logra.
El autor te sumerge en la narración. Es como si abrieras una puerta hecha de hojas con una cerradura de tinta, que da a otra dimensión, una de imágenes de pesadilla, de sonidos horripilantes que te recorren la espina, de icores que resbalan por cada pared y seres de mil patas se retuercen tras cada sombra. Hasta la portada, con su cubierta de cuero negro, de primera edición, y las letras grabadas en un color que alguna vez habría sido un rojo oscuro o un bordeaux, pero el paso del tiempo, y el paso de las manos de incontables dueños transformó en un oscuro y corroído tono, como de sangre coagulada y ennegrecida.
Solo el libro sabrá quienes lo han poseído antes. Quienes habrán leído sus ya oxidadas paginas, con una historia horrible y retorcida. Resulta que la historia era de un escritor, lo que solo te hacia dudar de la autenticidad de la trama. Es sobre un escritor que se exilia a una desolada cabaña en los bosques canadienses, buscando paz e inspiración. Un bosque frió y oscuro, con arboles tan antiguos como la tierra en la que sus nudosas raíces se retorcían hacia un tronco musgoso y de aspecto macabro. El novelista vivía en una cabaña, construida con madera de esos mismos arboles malditos, ubicada a kilómetros del asentamiento mas cercano, pero a una decena de metros del riachuelo aledaño.
Era un fino y sinuoso hilo de agua a la gran altura que se encontraba su celda personal, situada en la ladera de una escabrosa montaña, cubierta de arboles hasta donde alcanzaba la vista, que no era mas allá del largo del brazo en la noche, noche la cual duraba cerca de veinte horas en esa época de año, época de fríos constantes, apenas mitigados por una chimenea, la cual servia a su vez de iluminación, ayudando a la pobre lampara de queroseno, que entre las dos solo lograban mover la oscuridad de un rincón a otro de la habitación, como tratando de espantar una juguetona camada de demonios, que se divertían danzando sobre tu mente.
La mente comienza a jugar malas pasadas en ambientes como este. Incluso un hombre lógico y racional, que sabe a ciencia cierta que no hay demonios, espíritus, ni fuerzas ocultas que residan en el ceno mismo de la tierra, no tiene mas remedio que creerle a sus propios ojos, a fuerza de enloquecer. Con la soledad como única compañía, con uno mismo como único punto de referencia, con el tiempo divagando en torno de la escurridiza cordura, viendo, escuchando, oliendo, sintiendo, creyendo. Pues desde los tentáculos que se deslizan entre las sabanas al despertar de una pesadilla a mitad de la noche, viendo nada mas que un demente que salta de la cama para encontrar solo el propio sudor frió, donde la viscosidad se retorcía segundos antes; hasta los pútridos olores rancios, que invaden las fosas nasales como una legión de cadáveres carnosos, deslizándose sobre el vientre a medida que suben hasta el cerebro mismo; pasando por los susurros inaudibles, que erísan el espinazo, pataleando por la nuca como cucarachas que se alimentan de tus miedos...
Despiertas en la hamaca. La oscuridad se cierne sobre ti. En la mesita aledaña el hielo es un recuerdo en la jarra. Un escalofrío te recorre la espalda y los brazos. Ya el clima te pide entrar. Escuchas un trueno lejano, y al mirar hacia arriba, ni estrellas, ni nubes de tormenta, solo una oscuridad pareja y tangible. No vez tu casa ya. Caminas aun con sopor, con la novela maldita en la mano. Una sensación extraña te recorre el fondo de la mente, y no dejas de preguntarte si no estarás soñando aun.
Tropiezas con una raiz y caes de bruces. El golpe te despierta definitivamente. La sangre corre por tu rostro, y unas luciernagas comienzan a danzar en torno tuyo. El olor de la sangre atrae mosquitos. No recuerdas ese arbol cayoso y enano, pero no ves tu casa tampoco. Parece que los mosquitos y las luciernagas estan luchando sobre ti, y al parecer se deboran unos a otros, dando lugar a una orgia mesianica, cuyos engendros salen despedidos de sus capuyos sobre tu cabeza. El panico toma posesion de tu ser. Corriendo despaborido, huyendo del asco y los picotasos. Pero no sabes por donde corres, y resvalas al pisar unas hojas humedas y putridas, pululantes de gusanos; te deslizas sobre un fango viscoso y maloliente hasta caer en un riachuelo. El agua esta tan helada como un cuchillo contra la garganta. No queda duda de que no estas sonhando Trozos de hielo que flotan a tu alrededor, como una ventana destrozada, una ventana que quieres cerrar, y que todo se valla.
Corres desesperado, volviendo sobre tus pasos, tropezando en la oscuridad, cayendo de cara en el barro. Otro trueno a la distancia, y una débil luz recorta la silueta de una cabaña entre los arboles. Te arrastras hasta que chocas casi de frente con la novela maldita. Como un ancla a la realidad la tomas entre los dedos. Palpar la superficie te tranquiliza un poco, y tanteando como un ciego llegas a la puerta de la cabaña. La puerta se cae a pedazos, la madera corrompida por el paso del tiempo. Una oleada de putrefacción que te inunda los sentidos sale despedidas, y caes inconsciente.
Te despiertas congelado en la puerta de tu casa. Cubierto de fango, hojas y aun mojado de pies a cabeza. Hay nieve en torno tuyo, pero se derrite lentamente. La novela se muestra frente a ti, tan apacible, tan inofensiva. Es una hermosa noche de primavera de nuevo. La sangre coagulada en tu rostro te hace acuerdo del dolor de tu tabique nasal. Las picaduras en tus hombros y espalda siguen punzando como gotas de ácido que comen tu ropa. Ya nada tiene sentido, y entras en tu casa.
El interior de tu casa se encuentra tan muerto como debiera. Pero un ligero odor te llama. Cautelosamente te diriges a tu alcoba, temiendo ya que puedas encontrar. Pero al llegar a la puerta dudas aun mas. La puerta se ve decaída como la puerta de la cabaña, que ya no sabes si la existe en realidad. Por un lado te aterra la idea, pero por otro este vestigio de incoherencia brilla como un faro de cordura, y te aferras a que no es tu mente la que cae a pedazos. Y justo cuando el valor comienza a forjarse en tus venas, escuchar el sonido mas horripilante que en tu vida has osado imaginar.
La risa de un demente, el aullido de una victima, el rugir de una bestia, no hubieran causado tanto pavor como escuchar tu propia vos tras esa puerta. Los restos mortales de tu salud mental se derrumban sobre la moquete, y golpeas la puerta, que cae en pedazos, tras la cual contemplas el interior de una cabaña... Y sentado en la mesa de madera que hay al fondo, junto a una lampara apagada hace siglos ya, con los lentes sobre las cuencas oculares vacías, ahí yace, vestido en ropas atemporales, mitad momia, mitad esqueleto, con la novela a medio escribir, ahí esta tu cadáver. Y el recuerdo te golpea como martillazo en la nuca.
El autor te sumerge en la narración. Es como si abrieras una puerta hecha de hojas con una cerradura de tinta, que da a otra dimensión, una de imágenes de pesadilla, de sonidos horripilantes que te recorren la espina, de icores que resbalan por cada pared y seres de mil patas se retuercen tras cada sombra. Hasta la portada, con su cubierta de cuero negro, de primera edición, y las letras grabadas en un color que alguna vez habría sido un rojo oscuro o un bordeaux, pero el paso del tiempo, y el paso de las manos de incontables dueños transformó en un oscuro y corroído tono, como de sangre coagulada y ennegrecida.
Solo el libro sabrá quienes lo han poseído antes. Quienes habrán leído sus ya oxidadas paginas, con una historia horrible y retorcida. Resulta que la historia era de un escritor, lo que solo te hacia dudar de la autenticidad de la trama. Es sobre un escritor que se exilia a una desolada cabaña en los bosques canadienses, buscando paz e inspiración. Un bosque frió y oscuro, con arboles tan antiguos como la tierra en la que sus nudosas raíces se retorcían hacia un tronco musgoso y de aspecto macabro. El novelista vivía en una cabaña, construida con madera de esos mismos arboles malditos, ubicada a kilómetros del asentamiento mas cercano, pero a una decena de metros del riachuelo aledaño.
Era un fino y sinuoso hilo de agua a la gran altura que se encontraba su celda personal, situada en la ladera de una escabrosa montaña, cubierta de arboles hasta donde alcanzaba la vista, que no era mas allá del largo del brazo en la noche, noche la cual duraba cerca de veinte horas en esa época de año, época de fríos constantes, apenas mitigados por una chimenea, la cual servia a su vez de iluminación, ayudando a la pobre lampara de queroseno, que entre las dos solo lograban mover la oscuridad de un rincón a otro de la habitación, como tratando de espantar una juguetona camada de demonios, que se divertían danzando sobre tu mente.
La mente comienza a jugar malas pasadas en ambientes como este. Incluso un hombre lógico y racional, que sabe a ciencia cierta que no hay demonios, espíritus, ni fuerzas ocultas que residan en el ceno mismo de la tierra, no tiene mas remedio que creerle a sus propios ojos, a fuerza de enloquecer. Con la soledad como única compañía, con uno mismo como único punto de referencia, con el tiempo divagando en torno de la escurridiza cordura, viendo, escuchando, oliendo, sintiendo, creyendo. Pues desde los tentáculos que se deslizan entre las sabanas al despertar de una pesadilla a mitad de la noche, viendo nada mas que un demente que salta de la cama para encontrar solo el propio sudor frió, donde la viscosidad se retorcía segundos antes; hasta los pútridos olores rancios, que invaden las fosas nasales como una legión de cadáveres carnosos, deslizándose sobre el vientre a medida que suben hasta el cerebro mismo; pasando por los susurros inaudibles, que erísan el espinazo, pataleando por la nuca como cucarachas que se alimentan de tus miedos...
Despiertas en la hamaca. La oscuridad se cierne sobre ti. En la mesita aledaña el hielo es un recuerdo en la jarra. Un escalofrío te recorre la espalda y los brazos. Ya el clima te pide entrar. Escuchas un trueno lejano, y al mirar hacia arriba, ni estrellas, ni nubes de tormenta, solo una oscuridad pareja y tangible. No vez tu casa ya. Caminas aun con sopor, con la novela maldita en la mano. Una sensación extraña te recorre el fondo de la mente, y no dejas de preguntarte si no estarás soñando aun.
Tropiezas con una raiz y caes de bruces. El golpe te despierta definitivamente. La sangre corre por tu rostro, y unas luciernagas comienzan a danzar en torno tuyo. El olor de la sangre atrae mosquitos. No recuerdas ese arbol cayoso y enano, pero no ves tu casa tampoco. Parece que los mosquitos y las luciernagas estan luchando sobre ti, y al parecer se deboran unos a otros, dando lugar a una orgia mesianica, cuyos engendros salen despedidos de sus capuyos sobre tu cabeza. El panico toma posesion de tu ser. Corriendo despaborido, huyendo del asco y los picotasos. Pero no sabes por donde corres, y resvalas al pisar unas hojas humedas y putridas, pululantes de gusanos; te deslizas sobre un fango viscoso y maloliente hasta caer en un riachuelo. El agua esta tan helada como un cuchillo contra la garganta. No queda duda de que no estas sonhando Trozos de hielo que flotan a tu alrededor, como una ventana destrozada, una ventana que quieres cerrar, y que todo se valla.
Corres desesperado, volviendo sobre tus pasos, tropezando en la oscuridad, cayendo de cara en el barro. Otro trueno a la distancia, y una débil luz recorta la silueta de una cabaña entre los arboles. Te arrastras hasta que chocas casi de frente con la novela maldita. Como un ancla a la realidad la tomas entre los dedos. Palpar la superficie te tranquiliza un poco, y tanteando como un ciego llegas a la puerta de la cabaña. La puerta se cae a pedazos, la madera corrompida por el paso del tiempo. Una oleada de putrefacción que te inunda los sentidos sale despedidas, y caes inconsciente.
Te despiertas congelado en la puerta de tu casa. Cubierto de fango, hojas y aun mojado de pies a cabeza. Hay nieve en torno tuyo, pero se derrite lentamente. La novela se muestra frente a ti, tan apacible, tan inofensiva. Es una hermosa noche de primavera de nuevo. La sangre coagulada en tu rostro te hace acuerdo del dolor de tu tabique nasal. Las picaduras en tus hombros y espalda siguen punzando como gotas de ácido que comen tu ropa. Ya nada tiene sentido, y entras en tu casa.
El interior de tu casa se encuentra tan muerto como debiera. Pero un ligero odor te llama. Cautelosamente te diriges a tu alcoba, temiendo ya que puedas encontrar. Pero al llegar a la puerta dudas aun mas. La puerta se ve decaída como la puerta de la cabaña, que ya no sabes si la existe en realidad. Por un lado te aterra la idea, pero por otro este vestigio de incoherencia brilla como un faro de cordura, y te aferras a que no es tu mente la que cae a pedazos. Y justo cuando el valor comienza a forjarse en tus venas, escuchar el sonido mas horripilante que en tu vida has osado imaginar.
La risa de un demente, el aullido de una victima, el rugir de una bestia, no hubieran causado tanto pavor como escuchar tu propia vos tras esa puerta. Los restos mortales de tu salud mental se derrumban sobre la moquete, y golpeas la puerta, que cae en pedazos, tras la cual contemplas el interior de una cabaña... Y sentado en la mesa de madera que hay al fondo, junto a una lampara apagada hace siglos ya, con los lentes sobre las cuencas oculares vacías, ahí yace, vestido en ropas atemporales, mitad momia, mitad esqueleto, con la novela a medio escribir, ahí esta tu cadáver. Y el recuerdo te golpea como martillazo en la nuca.
Enviar por correo electrónicoEscribe un blogCompartir en XCompartir con FacebookCompartir en Pinterest
Parafrenico de turno
Caliburnus
pirando a las
6:09 p. m.
1 comensales
sufrieron
ataques de pánico
Suscribirse a:
Entradas (Atom)


