miércoles, 25 de mayo de 2011

Bocadelobo I

Ya no tengo miedo. Para tener miedo uno tiene que tener algo que perder. Ya no tengo nada. No tengo trabajo,  no tengo casa, no tengo familia, no tengo mi orgullo siquiera... Lo único bueno que pueda sacar de este maldito pueblo desolado es la paz de la horca. Encerrado en esta celda escribo mi historia para advertir a quien quiera oírla. Mientras una sola persona sepa de los horrores que se esconden en las profundidades de ese endemoniado bosque, mientras pueda ahorrarle los espantos que yo tuve que sufrir a una sola alma, sentiré que valió la pena haber sobrevivido. De lo contrario desearía que esas repugnantes asquerosidades me hubieran destrozado las entrañas en el acto.
Todo empezó cuando vinimos con mi adorada Eloise a vivir a Bocadelobo. El aire limpio del campo le hacía bien a su asma. Con mi sueldo de cartógrafo no podía pagar los tratamientos más caros. Pero este trabajo era una mejoría por dos motivos; por un lado el dinero era un gran incentivo; por otro pasar seis meses lejos de la polución de la ciudad, con el fresco aire de la montaña, purificado por los robustos bosques de Bocadelobo, era impagable.
Un anciano sin la parte inferior de su dentadura y sin la parte superior de su cabellera, tan flaco y encorvado que pareciera a punto de partirse, nos alquiló un cuarto en su vivienda: un despotricado cobertizo de madera en pleno bosque. No hay un pueblo propiamente dicho, sino solo cabañas de leñadores y cazadores, y los tres o cuatro edificios infaltables donde sea que se junten las personas: la iglesia, la droguería, la cárcel, etc. Una vez a la semana viene una diligencia, la misma en la que vinimos nosotros, con el correo y la mercadería indispensable que el bosque no puede proveer.
Yo me dedicaba a la labor entre manos a la vez que ayudaba a Eloise con las tareas del hogar para que no se extenuara. Pero a medida que pasaba el tiempo era como si una energía misteriosa invadiera su cuerpo. A los tres días ya no se fatigaba casi, a la semana ya no tuvo más ataques y hacía todas las labores sola y con una sonrisa en la cara, a las dos semanas no solo se empeñaba en tareas como cortar leña, que en mi vida la hubiera visto hacer, sino que le sobraba el tiempo para acompañarme en mis expediciones al bosque con mis instrumentos de medida.
Fue una noche, a las dos semanas y media que ya nos hubiéramos asentado en Bocadelobo, una noche fatídica a la vuelta de una de nuestras expediciones, en la que el horror comenzó. Esa tarde hubo un percance minúsculo que no habría acertado a recordar si no fuera que repasé todos los acontecimientos con posterioridad, tratando desesperadamente de hallar una explicación lógica al espanto que acaeció sobre mí:
Mi adorada Eloise se dedicaba a dibujar mientras yo trabajaba como era de costumbre, cuando de repente un achaque de tos la hizo convulsionarse espantosamente sobre su cuaderno. Yo acudí raudo y tan asustado como puede estarlo un marido perdido en medio de un bosque con su mujer retorciéndose en sus brazos.
Cayó inconsciente en ese mismo instante y la llevé en brazos a la cabaña. No despertó de su ensueño hasta bien entrada la noche, y solo para proferir balbuceos febriles. Una matrona local se ofreció (pago de por medio) en ayudarme a cuidarla por la noche.
Dejé tiradas todas nuestras cosas en el pavor que me invadió, y con miedo de perder mis objetos más preciados fui en su busca. Ah, como dejaría tirados los tesoros más grandes de la humanidad por un solo momento con mi Eloise, como fui tan ciego de dejarla postrada a merced de esa horrible mujer. Gorda enorme, con los pechos tan caídos como su vientre abultado, su cuerpo desfigurado por los sucesivos partos y su rostro achicharrado, cubierto de arrugas y cicatrices, tuerta de un ojo y los pocos dientes amarillos o hasta marrones del tabaco de su pipa. Y mi Eloise, que aún postrada con la piel amarillenta por la fiebre, cubierta en sudor y retorciéndose de vez en cuando en espasmos involuntarios, aún en su peor hora era la más hermosa entre todas las mujeres.
Caminaba apresuradamente camino al lugar donde dejara mis herramientas de trabajo, guiando mis pasos con una lampará de aceite tan vieja que el vidrio mugriento daba una luz más verdosa que amarilla. Los enanos y retorcidos árboles de aquella zona, llenos de nudos y con las traicioneras raíces asomando por doquier, se encontraban tan tupidos que aún de día debía uno llevar cuidado. Encontré como de milagro el cuaderno de Eloise, pero al echar una ojeada a lo que estaba dibujando antes de caer convaleciente se me heló la sangre en las venas
Los espantosos dibujos no se asemejaban en absoluto a los hermosos paisajes que mi amada Eloise solía retratar. Imagenes de demonios, bestias horripilantes de cuerpos peludos, con tres cabezas y cientos de colmillos apuntando como chuzos de sus bocas, con cuernos recorriendo sus espaldas, tres brazos y otras tantas atrocidades; bañados en sangre, devorando cuerpos humanos, destrosandose los cráneos entre sí. Arrojé el cuaderno inmediatamente asqueado por lo vívido de las imágenes, de un realismo que daba a pensar que los hubiera copiado de un modelo vivo.
Tomé mis utensilios y corrí de regreso a la cabaña, dejando el inmundo cuaderno a merced de la noche. Culpé a la fiebre por las imágenes repulsivas que mi amada Eloise jamas hubiera podido imaginar por su cuenta. No soy un hombre dado a creer en demonios, brujas o fantasmas. O al menos no lo era. Pero cuando llegué a la cabaña me crucé con la matrona, que si lo era, y en gran medida. Corría despavorida, tan rápido como sus rechonchas piernas le permitieran alejándose de nuestra morada. No llegué a entender lo que balbuceaba entre dientes, pero cuando le pregunté si le ocurría algo a mi mujer, pensando en esto el motivo de su prisa, solo me gritó algo de posesión demoníaca y siguió corriendo, haciendo oídos sordos a mis reclamos.
Pero al entrar no encontré nada más que a mi amada, tendida en nuestra cama, durmiendo plácidamente. No pude evitar soltar un suspiro de alivio. Con el estomago hecho un nudo por los nervios, y el cansancio tanto mental como físico, me acosté agotado junto a mi Eloise. Dormí, aún así, un sueño intranquilo, pues las imágenes de espanto que viera en el cuaderno de mi mujer, asechabanme en sueños. Veía bocas inmundas que desprendían vapores rancios; ojos inyectos en sangre que me escrutaban como a una presa; garras inmensas que me perseguían para descuartizarme vivo...
Me levanté a mitad de la noche para tomar agua, incapaz de contenerme más tiempo postrado. Mis manos temblaban y un sudor frío me corría por la frente. No prendí la luz para no despertar a Eloise, pero al volver a la cama la encontré vacía. Comencé a gritar el nombre de mi mujer a viva vos. Enloquecido de miedo como ya estaba salí a buscarla fuera. Y para alivio mio la encontré en lo que hubiera sido el patio del fondo de la cabaña, si no fuera que era el mismísimo bosque.


Bocadelobo II

2 comentarios:

  1. Me gustó y lo digo con mi ojo crítico kinguiano! Muy bueno!

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  2. Gracias Fräulein! Ya le dije que en este caso especifico valoro por demás su punto de vista XD

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