martes, 3 de abril de 2012

El vaivén de las olas

Baja con paso confiado y despliega la silla. Saca su tabla y su lápiz, y se sienta a dibujar. Primero mira hacia el horizonte, a la inmensidad del mar que se despliega ante sus ojos; las arremolinadas ondas que los antiguos sabiamente llamaron olas, los destellos plateados que el astro rey arranca de las mismas, las sombras que proyectan las nubes al surcar el cielo. Y ahí los ve: los barcos, majestuosos, poderosos, solemnes, imponentes, gargantuescos. Dejando una perezosa estela en el agua. Sus lentos movimientos son testigo de su inmensidad, pues obvio es que corren velozmente sobre el mar. Ah, como hubiera dado su brazo izquierdo por poder controlar tanta inmensidad. Nunca iba a dejar de asombrarse de como cientos de toneladas de acero pudieran permanecer ingrávidos sobre la implacable superficie. Jamas dejaría de maravillarse con tal despliegue de poderío humano.
Baja la vista a la hoja ya no en blanco, sino surcada por olas. Apoya el lápiz en la lisa superficie y deja que el paisaje se vaya dibujando solo. Pero la fuerza de los barcos se hace presente, dejando su colosal huella en perspectiva; mirando desde arriba empequeñeciendo todo cuanto los rodea. Pero esa fuerza es constructiva, y serena se alza contra las fuerzas opositoras, en paz. Pasa la oja y deja que una fuerza más salvaje golpee la tabla: olas arremolinándose contra una escollera, el soplo del viento implacable en plena tormenta, y en medio de la hecatombe, un faro se yergue irresoluto. Ah, la luz solitaria, el único auxilio en la oscuridad del mar abierto.
Ya el lápiz descansa de nuevo en su regazo. Abre sus ojos.
—Un mar purpura.
—Qué más.
—Barcos, pero eran barcos y monstruos marinos a la vez. No, monstruos no, más bien ballenas, o heraldos divinos, no...
—Rápido. ¿Qué más viste!
—Las nubes, el sol, dibujaban en el mar. Eran los crayones con los que yo dibujaba en el papel...
—No, no, algo más tiene que haber, algo importante.
—¡El faro! Sí, el faro era algo... ¡Ah! Como odio olvidar las cosas tan rápido después del sueño.
—No, no, concéntrate, el faro, qué era el faro. ¡Vamos, el faro! ¡Qué pasaba con el faro!
—El faro, el faro... ¡Sí! Los barcos eran como guardianes, que se aseguraban que la paz se mantuviera, pero el faro era como un protector, que trataba de instaurar un poco de estabilidad en un mundo de caos. ¡Los barcos iban al faro por consuelo! Y si los barcos eran ángeles guardianes, el faro era, sino un dios un semidiós.
—Bien, bien, eso sí es más útil. Ya ves como con la práctica lo vas controlando. ¿Te fue útil lo de dibujar?
—Como no te haces una idea. Yo estaba en una playa de arenas esmeralda, el faro lo dibujé.
—¡Muy bien! Estas demostrando ese talento que convenció al consejo para que te enviaran conmigo. Sabemos que tienen jerarquía. Ahora lo que tenemos que averiguar es quién es el faro, esa luz de esperanza que los guía, y hacerlo caer.
—Conécteme de nuevo. Quiero probar a sondear más profundo.
—No olvides que la información viaja en dos sentidos...
En el reducido espacio del camarote, a la luz rojisa que se usa siempre en los submarinos para no encandilarse al salir de nuevo a la superficie, el capitán coloca los pedipalpos de la maquina del sueño junto a las cienes del teniente. El teniente se recuesta, cierra los ojos y los fija en el fondo del barco que flota sobre ellos. Sondea. Sondea en busca del capitán, el faro, el guía de esas pobre almas soñadoras. Y de golpe...
Un rey viaja en su trono. Su trono es un castillo entero, que al mismo tiempo es una colina, cuya cima es un trono. Y el trono viaja por la infinidad que lo rodea. Una infinidad blanca y lechosa. Una bandada de gaviotas los sigue, y las más confianzudas se posan en sus hombros. Pero los peligros saltan de entre la niebla que es la mar en la que flotan, saltan como tiburones o como cocodrilos en busca de una presa que se posó demasiado tiempo en el agua.
Él lo ve. Lo ve pasar en su trono de piedra, en la cima de su castillo flotante. Él lo ve pasar parado en un banco de arena. Apoya su pértiga en el fondo y el banco sigue al castillo mansamente, como una góndola deslizándose por un canal. ¿Quién es? ¿Qué rostro tiene el capitán? Aprieta el paso y alcanza el castillo. Lo pasa y mira hacia atrás. El capitán... ¡El capitán!
Despierta.
—Estamos en problemas.
—¿Qué viste?
—Usted piloteaba el castillo.
—¿Qué castillo?
—El castillo flotante, el barco. Las gaviotas eran los tripulantes, pero el  capitán no era su capitán, sino usted.
—Él soñó con mi rostro.
—Sí.
Un marino entra corriendo al camarote y advierte al capitán: algo enorme se divisa en el radar. Se escucha un golpe en la cubierta del submarino.
—Sí, estamos en problemas teniente.

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